Modernismo y boom inmobiliario en el S.XIX

A mediados del siglo XIX, en Barcelona, la revolución industrial que venía de Europa empezó a cuajar en una nueva burguesía industrial que impulsó una renovada prosperidad económica y social. Esta nueva efervescencia se reflejó espectacularmente en el arte, pero también en la recuperación de la lengua, la cultura y la identidad catalanas. Una vanguardia emprendedora y elitista que se inspiraba en los nuevos adelantos de la ciencia, la tecnología y en las manifestaciones artísticas de todo tipo renovó la continua metamorfosis de la ciudad.

Estos nuevos ricos, muchas veces hijos de industriales de éxito en el textil, construyeron casas y lugares de ocio, como el Gran Teatre del Liceu, como símbolos de su supremacía, de su riqueza y poder. Pero bajo ese paraguas económico y social, también creció un círculo de catalanes apasionados por el saber científico, el avance técnico y un progresismo más mayoritario o mejor distribuido. Narcís Monturiol, inventor del submarino de propulsión mecánica, sería un buen ejemplo. En la arquitectura, Idefons Cerdà, Puig i Cadafalch, Domènech i Montaner o Gaudí fueron, entre otros, renombrados arquitectos símbolos del cambio urbano en la ciudad condal. Vayamos por partes.

El Raval, en su parte más próxima al Puerto, era el centro industrial hasta mediados del XIX. En frente, en la Barceloneta, la fundición Nueva Vulcano había construido el primer barco a vapor de España y la Barcelonesa, antecesora de La Maquinista Terrestre y Marítima, emergía como la primera gran industria metalúrgica. A la ciudad le quedaba estrecho el antiguo traje de sus murallas y callejuelas estrechas y se enredó en una transformación que rompería sus costuras medievales en 1854. La Rambla se convirtió en el gran paseo urbanizado que desembocaba en el puerto, al tiempo que se desmantelaba la fortaleza militar de La Ciutadella para preparar el gran evento que proyectaría la ciudad al mundo: la Exposición Universal de 1888.

El ferrocarril inauguraba la primera línea en 1848, entre Barcelona y Mataró, las máquinas de vapor empezaban a ser lo normal. En 1954 empezaron a funcionar las líneas férreas de Granollers y Martorell. La telegrafía, y la telefonía algo más tarde, se sumaron al ferrocarril para facilitar el traslado de industrias hacia municipios del entorno, Mataró, Terrassa, Sabadell…, mientras Barcelona ciudad se reorganizaba a cosmopolita y moderna.

Así, en 1859 se aprobaba el visionario proyecto urbanístico de Ildefons Cerdà, un plan que daría origen a un nuevo barrio en polémico detrimento de la propuesta radial de Rovira y Trias, más en sintonía con la vieja guardia arquitectónica que presionó lo suyo para tumbar la propuesta de Cerdà. Una idea que pensaba una ciudad portuaria e industrial moderna en la que poco a poco fueron emergiendo edificios modernistas como el Palau de la Música Catalana, el complejo hospitalario de la Santa Creu i Sant Pau, o el Parc Güell en el antiguo municipio de Gracia que como tantos otros pueblos era engullido para sumar otro nuevo barrio a la ciudad.

El selecto Passeig de Gràcia se convertiría en la máxima expresión de ese poder económico que alardeaba de su riqueza con casas como La Milà (La Pedrera), La Batlló o La Amatller para encumbrar a Antoni Gaudí, con permiso de Puig i Cadafalch, como el genio catalán de la innovadora, refinada y exuberante arquitectura que se convertía en movimiento y colonizaba muchas más manifestaciones artísticas: escultura, pintura, cerámica, vidrieras, hierro forjado…  

La nueva burguesía se construyó también nuevos espacios en los que practicar sus necesarios rituales sociales, pasear, encontrarse, saludarse… Y como setas aparecieron nuevos cafés, teatros, museos, ateneos, restaurantes, jardines de recreo… Els Quatre Gats, de Puig i Cadafalch, fue uno de ellos, un centro del modernismo catalán que acogía tertulias, cenas y reuniones desde 1897 a 1903, año en el que se cerró. Aunque en los ‘70 volvió a abrir al público como café restaurante.

Gaudí, un tipo singular y prolífico, dejó una huella sin igual. “La Pedrera”(la Cantera), fue el nombre fue el nombre popular que los barceloneses le endosaron a la Casa Milà, debido a la enorme cantidad de polvo que generaba cada día durante las obras de construcción. El mote superó al nombre y hoy todo quisqui la conoce como La Pedrera. Por desavenencias en la decoración interior, Gaudí abandonó la obra y tuvo que litigar por sus honorarios en los tribunales que finalmente fueron donados a los jesuitas.

Aunque la primera obra de Gaudí en Barcelona fue la Casa Vicens, en la calle de las Carolinas que pertenecía al todavía municipio independiente de Gràcia. Poco después, Gaudí recibió el encargo de construir una casa señorial que ocupara toda una manzana, el Palau Güell, con sus dos enormes puertas de hierro forjado, en forma de arco parabólico cuya altura permitía entrar a caballo. De hecho, todavía queda el escalón a la izquierda para montar y descabalgar cómodamente.

Todos los burgueses soñaban con Casas y Palacios modernistas y Domènech i Montaner también dejó unas cuantas, la Casa Calvet, la Casa Fuster, desde 2004 Hotel de lujo, o la Casa Thomas, entre otras. Pero la ciudad superó, a finales del XIX, el medio millón de habitantes con la migración del campo a las ciudades para dar respuesta a las necesidades de mano de obra. No quedaba otra que construir también nuevas viviendas para la clase trabajadora, eso sí, con un toque más proletario para el nuevo paisaje urbano de las periferias.

La creciente industrialización precisaba también nuevas infraestructuras o remodelar las obsoletas: puerto, estaciones de ferrocarril, sedes bancarias y comerciales, tranvías, centrales eléctricas, calles, alcantarillado… Se produjo un auténtico boom inmobiliario donde aparecieron no pocos especuladores del ladrillo. De hecho, la concepción inicial de Cerdà, de manzanas abiertas con amplios jardines en su interior, chocó de frente con estos intereses de la especulación de propietarios y constructores para acabar con un resultado de servicios y calidad de vida muy inferior al propuesto. Aun así, el Eixample supuso una auténtica revolución urbanística y se convertiría en un centro de interés de las continuadas fiebres especulativas.

Las empresas no quedan al margen de la movida modernista y no fueron pocas las que contrataron a prestigiosos arquitectos para construir sus sedes corporativas y centros de producción. Edificios públicos como La Llotja del Mar, actual Cámara de Comercio, el Palau Baró de Quadras de Puig i Cadafalch, hoy sede del Instituto Ramon Llull, la Fábrica Casaramona-CaixaForum, la Fábrica de Anís del Mono en Badalona, el Pabellón de Expediciones de Cavas Codorníu, Sant Sadurní d’Anoia, el Vapor Aymerich, Amat i Jover-Museu de la Ciència i de la Tècnica de Catalunya, Terrassa…

Ladrillo a ladrillo Barcelona fue abandonando la decadencia medieval, intentando renovar también su identidad extraviada con el fracaso independista de 1640, cuando apostaron por el candidato austriaco. Sin embargo, no descuidaba las buenas relaciones con la actual monarquía borbónica, algo imprescindible para la nueva vitalidad económica y social, como la que hizo antaño destacar a Cataluña en comercio, navegación, pesca, manufactura… Y el interés era mutuo, Barcelona era un motor indispensable y una imagen de modernidad esencial para el gobierno central de una España fundamentalmente agrícola y atrasada.

La situación política daría un giro con la fundación, en 1901, de la Lliga Regionalista de Enric Prat de la Riba, movimiento nacionalista que pretendía el autogobierno e intervenir en la política del Estado y que no encajó nada bien el nacionalismo español. La cosa acabó, en 1905, con el ejército tomando la sede del diario La Veu de Catalunya y la del semanario satírico Cu- Cut!, y, finalmente con la suspensión de las garantías constitucionales en Cataluña.

La industrialización y el progreso intensificaron el movimiento obrero que, en 1870, celebró el Primer Congreso Obrero en Barcelona en el que las dos tendencias internacionales, la anarquista de Bakunin y Proudhon, y la socialista con los seguidores de Marx, acabarían con la fundación de la UGT, en 1888 y la CNT en 1911. Las posiciones se radicalizaron tanto que Barcelona se enredó en un clima de atentados, pistoleros y tal en el que anduvieron implicados la parte sindical y la patronal. Pero eso es otra historia.

Sea como sea, Barcelona entró en el siglo XX rebosante de energía, modernidad y el conflicto que suelen llevar implícito los cambios profundos. Una relación apretada entre la nueva élite empresarial pujante, unas relaciones políticas al barullo y una emergente clase obrera que se organizaba para incorporarse a la ciudad luchando por unas condiciones más dignas, abandonando las áreas rurales y agrarias en decadente miseria para construir, ladrillo a ladrillo, una nueva y modernista Barcelona.

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