Una lección de transición a la democracia

En 1985 Argentina nos dio una enorme lección sobre cómo se puede y se debe cerrar una transición democrática, condenando lo que había que condenar, sacudiéndose la enorme presión social con la que el entorno fascista y militar enredaba, para que la impunidad y el olvido no lastraran a la incipiente democracia lograda en 1983 y la verdad se alejara de un relato mentiroso de falsedad y abuso para evitar una supuesta guerra civil.

Aquel juicio no tenía más antecedentes en la historia del siglo XX que el proceso de Nuremberg de 1945 para juzgar los crímenes del nazismo saldado con la sentencia pronunciada en 1946. Quizás también el juicio de 1975 contra los coroneles griegos que encabezaron el golpe de Estado de 1967. Julio Starssera, el fiscal sobre el que cayó el enorme reto de acusar a los nueve líderes de las tres primeras juntas militares que gobernaron Argentina tras el golpe de Estado de 1976, pronunció este ejemplar y emotivo alegato final por unos hechos que afectaron a unas 30.000 personas desaparecidas durante aquellos años, este es un amplio y literal extracto:

Señores Jueces:

La comunidad argentina en particular, pero también la conciencia jurídica universal, me han encomendado la justa misión de presentarme ante ustedes para reclamar justicia.

… esta forma de delincuencia que hoy se enjuicia aquí y la imposibilidad de considerar uno por uno los miles de casos individuales me han determinado a exhibir a lo largo de 17 dramáticas semanas de audiencia tan solo 709 casos que no agotan, por cierto, el escalofriante número de víctimas que ocasionó. Lo que podríamos calificar como el mayor genocidio que registra la joven historia de nuestro país.

El cuadro de violencia era imperante en el país cuando tres de los hoy procesados decidieron, una vez más, en nombre de las Fuerzas Armadas, tomar por asalto el poder, despreciando la voluntad popular. ¿Y cual fue la respuesta luego de este golpe que se dio desde el Estado a la guerrilla subversiva? Para calificarla, señores jueces, me bastan tres palabras: Feroz, clandestina y cobarde. Los guerrilleros secuestraban y mataban ¿Y que hizo el Estado para combatirlos? Secuestrar, torturar y matar en una escala infinitamente mayor. Y, lo que es más grave, al margen de todo orden jurídico.

Y de aquí, señores jueces, se derivaron consecuencias mucho más graves porque… ¿Cuántas de las victimas de la represión eran culpables de actividades ilegales? ¿Cuántas inocentes? Jamás lo sabremos, y no por culpa de las víctimas. Al suprimirse el juicio se produjo una verdadera subversión jurídica. Se sustituyo la denuncia por la delación, el interrogatorio por la tortura, y la sentencia razonada por el gesto neroniano del pulgar hacia abajo.

Entre las muchas deudas que los responsables de este cobarde sistema de represión han contraído con la sociedad argentina, existe una que ya no podrá ser saldada. Quisiera repetirlo: La falta de condena judicial no es la omisión de una formalidad. Es una cuestión vital de respeto a la dignidad del hombre. Su abandono llevó, por ejemplo, a lo siguiente: una persona fue secuestrada por pertenecer a la FAP: Fuerzas Armadas Peronistas, y resultó que pertenecía a la FAP: Federación Argentina de Psiquiatras.

…No vamos a tolerar que la muerte ande suelta en Argentina. Lentamente como para que no nos diéramos cuenta, una máquina de horror fue desatando su inquinidad sobre los desprevenidos y los inocentes. Estas frases las dijo el almirante Emilio Eduardo Massera, el 2/11/76, en la Escuela de Mecánica de la Armada… Pero aceptemos ahora, por vía de hipótesis, la teoría de la guerra que tanto repiten los acusados. ¿Se puede considerar acción de guerra el secuestro en horas de la madrugada, por bandas anónimas, a ciudadanos inermes? ¿Es una acción de guerra torturarlos y matarlos cuando no podían oponer resistencia? ¿Es una acción de guerra ocupar las casas y mantener a los parientes como rehenes? ¿Son objetivos militares los niños recién nacidos?

Este proceso ha significado para quienes hemos tenido el doloroso privilegio de conocerlo íntimamente, una suerte de descenso a zonas tenebrosas del alma humana. Donde la miseria, la abyección y el horror registran profundidades difíciles de imaginar antes, y de comprender después…

Por todo ello, señor presidente, este juicio y esta condena son importantes y necesarios para la nación argentina, que ha sido ofendida por crímenes atroces. Su propia atrocidad torna monstruosa la mera hipótesis de la impunidad. Salvo que la conciencia moral de los argentinos haya descendido a niveles tribales, nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan hechos políticos o contingencias del combate.

Ahora que el pueblo argentino ha recuperado el gobierno y el control de sus instituciones, yo asumo la responsabilidad de declarar en su nombre que el sadismo no es una ideología política, ni una estrategia bélica, sino una perversión moral. A partir de este juicio y de la condena que propugno, nos cabe la posibilidad de fundar una paz basada, no en el olvido, sino en la memoria. No en la violencia, sino en la justicia. Esta es nuestra oportunidad. Quizás sea la última.

Señores jueces, quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores Jueces: “Nunca más”

Tras el juicio, el primero en la historia universal en que un tribunal civil condenó a una dictadura militar, los comandantes Videla y Eduardo Massera fueron condenados a cadena perpetua, Viola a 17 años, Lambruscchini a 8 años y Agosti a 4 años y 6 meses, para continuar con una serie de apelaciones y procesos consecuentes que, pese a las leyes de impunidad que marcaron los siguientes años, llevarían a condenar a más de mil implicados más por delitos de lesa humanidad y cientos de causas continúan siendo juzgadas.

Aquí, en España, en un proceso de transición del que nos jactamos denominarlo “modélico” no hubo condena de los crímenes franquistas cometidos durante la guerra y después de su finalización, durante la dictadura en la que continuaron los secuestros, encarcelamientos, tortura y asesinatos. A veces con pantomimas de juicios, muchas sin ni siquiera eso. Instalamos un relato de olvido a las víctimas y una cobarde impunidad que fue además premiada con la ocupación de muchos de los responsables en cargos políticos relevantes, en la cúpula del poder judicial y en la élite empresarial y financiera del país.

En aquel 1985 Felipe González ocupaba la presidencia del país con una mayoría absoluta conquistada en 1982. Se hicieron cosas bien, por algo la mantuvo tres legislaturas y gobernó hasta 1993. Pero no supo, no quiso estar a la altura de la Historia. Y no fuimos pocos los que nos sentimos decepcionados por su mentiroso liderazgo compartido con una figura tan nefasta y democráticamente turbia como la de su vicepresidente Alfonso Guerra.

Este tándem y, en gran parte, los muy grises e incondicionales ministros y altos funcionarios de las que se rodearon, llevó al PSOE a ser cómplice imprescindible de la prolongación social del franquismo y dejó de ser una opción para muchos españoles progresistas que siguen anhelando una verdadera transición. En este mes de octubre, en el que se celebran los 40 años de aquella conquista socialista, hay que recordar que nada explica mejor la sociedad que somos hoy que nuestro pasado, sus acciones y sus omisiones, sus aciertos y sus errores.

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