Piratas

Cuando yo era un chaval, los piratas del cine y el TBO navegaban por los mares con una calavera por bandera, con pata de palo, con parche en el ojo, con loro en el hombro, con cara de malo. Hoy los que nos asaltan impunemente al margen de la ley o aprovechándose de ella, se sientan en suntuosos despachos de reputadas multinacionales, la banca o la política, en la mano, en vez de garfio, llevan Rolex de oro o Patek Philippe Grandmaster, trajes de Alexander Amosu o Brioni y han cambiado el viejo bajel por un Bugati Chiron Super Sport o un Lamborghini Veneno.

Hoy si robas comida en el supermercado o si te “olvidas” declarar unos cuantos miles de euros en Hacienda, puedes darte por jodido, el peso de la ley caerá sobre ti sin contemplaciones, hasta el último céntimo. Pero si robas a manos llenas, si amontonas millones y millones de dudosa procedencia, si te embolsas indecentes comisiones o cuentas beneficios en paraísos fiscales tras traficar con bonos basura y de estafar a numerosos inversores, entonces observarás que la ley no es igual para todos y que los abogados caros no trabajan para los pobres.

Los piratas de antes eran tipos que vivían en la clandestinidad, indecorosos, temidos, socialmente malmirados. Pero los corsarios de hoy en día son tipos de alto prestigio, con una posición sólida y reputada. Desde alguna de sus torres de marfil, suelen disponer de varios sillones bien pagados, a través de sus paredes de cristal, miran abajo y ven a las personas como si fuesen hormigas, insignificantes, porque la empatía no es rival para la ambición.

En su mano no brilla un sable, es su móvil gama mega alta con incrustaciones de oro y diamante que blande cual machete sanguinario para perpetrar sus cotidianas fechorías. Rodeados de entendidos en números, cifras y ratios, no dudan en trocear una empresa para especular en la bolsa sin importarle a cuantos envía a la cola del hambre, la supervivencia de la Compañía a largo plazo o lo que aporta a la sociedad. Lo importante es el beneficio personal que celebrará con excesos y caprichos junto a una botella de Don Perignon Rose Vintage o de Chateau Petrus Magnum en el reservado de un selecto y elitista restaurante.

Hay también muchos bucaneros de medio pelo, en la privada y en la administración, acumuladores compulsivos muy por encima de sus necesidades que, aunque no aspiran a milmillonarios, son tipos prácticos que no tienen reparo en corromperse, constar en más de una nómina, cobrar dietas por un tubo de innecesarios viajes, colocar a familiares en puestos de privilegio o trocear contratos para favorecer a amiguetes a dedo. Suelen proceder de familia bien, viven en pisos céntricos y montan BMW M8, Mercedes SLR o Audi Sport Quattro con los que se desplazan a sus ostentosos chalets en el Montseny o la Costa Brava, casas y vida a las que jamás hubieran podido aspirar por sus propios méritos.

En los superyates de Puerto Banús, o en los exclusivos garitos de alterne para ricos de Fuengirola, Marbella o Estepona, codeándose con la realeza, los altos cargos políticos y los multimillonarios “oficiales”, están también los piratas de origen mafioso, los que se forran con la venta de armas de mercado negro, la droga, la prostitución, la trata de personas, el secuestro o el contrabando de todo lo que se pueda. Aventureros del mal, camuflados por el dinero sucio que también compra ropa y bolsos de Armani o Gucci, rodeados de sicarios con trajes de Versace o Christian Dior a los que delatan sus calcetines blancos y el bulto que marca la pistola.

Hijos de la codicia y la mezquindad, hermanos del interés y el lujo y primos de la avaricia y el egoísmo, esta enérgica, inmoral y agresiva aristocracia financiera, política, empresarial o mafiosa, no se preocupa por el calentamiento global, el envenenamiento del planeta o los millones de personas que van cayendo en la miseria cada año. Eso son chorradas de pobres y progres que predican igualdad y fraternidad por la pura envidia que estimula la indigencia y el agobio.

Ellos y ellas andan preocupados con pequeños detalles cotidianos, pensando en que le regalaran a su pareja o a sus hijos por su cumpleaños ¿un pequeño yate, un pequeño anillo de diamantes, un pequeño Porsche…? Al fin y al cabo, la buena vida está para disfrutarla con pequeños complementos, viviendo el presente a todo trapo porque el futuro, como la sociedad o la democracia, les preocupa un comino. Ellos son los que mandan, los más mejores y distinguidos del mundo mundial, los piratas de nuestro mundo actual.

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