Las guerras del agua

Hay decisiones políticas que son tremendamente incómodas. Las relacionadas con el agua están entre ellas, pero los problemas y los costes no son a futuro, los tenemos ya encima y tienen mucho que ver con el calentamiento global, la sequía galopante, los incendios imposibles de apagar, los procesos industriales y el consumismo irresponsable, nuestros hábitos alimentarios y de vestido, los sistemas de regadío inoportunos o ineficientes… En definitiva, con el final de una época, de un modelo socio-económico que quizás debamos rediseñar, y el calendario viene con prisas.

El año pasado nos sorprendieron las inéditas inundaciones y este ha sido la sequía extrema. El cambio climático es impredecible, pero las guerras del agua aparecen como el conflicto dominante en las próximas décadas, en prácticamente todo el planeta. Aunque siempre hay zonas más agobiadas por la sequía y otras zonas en las que lloverá con mayor intensidad de lo deseable, la península ibérica, como toda la cuenca mediterránea, es una de las zonas que está acusando con dureza la aridez.

El humedal más importante de Europa, Doñana y el estuario del rio Guadalquivir, agoniza por la sobreexplotación de los acuíferos y el robo del agua. La sequía y las extracciones del acuífero subterráneo para usos agrícolas y turísticos han provocado que solo la laguna de Santa Olalla tenga algo de agua. A las extracciones para abastecer al cercano núcleo turístico de Matalascañas, en verano alcanza los 160.000 residentes, se suma una agricultura intensiva que cuenta con más de 3.000 hectáreas de cultivos ilegales y más de 1.000 pozos idem. Pese a que el Tribunal Europeo de Justicia denunció, en 2019, a España por incumplimiento de varias directivas instando a tomar medidas, lejos de reaccionar, la intención del Gobierno andaluz es la de ampliar los cultivos de fresas y legalizar 1.800 hectáreas que se sumarán a las 9.000 que se legalizaron en 2014 tras plantarse sin permiso.

Los pantanos no están mucho mejor, este invierno de 2021 ha sido uno de los más secos y ahora, en verano, hemos ido encadenando olas de calor, incendios y sequía. Este agosto la cuenca del Segura estaba al 25% de su capacidad y en la del Júcar al 35%, aunque el pantano de Contreras (Valencia) había bajado hasta el 15% y el de Fuensanta (Albacete), hasta el 9%, un tercio de lo que tenía el año pasado. Si la situación en el sudeste es crítica, en el centro van por el mismo camino. La cuenca del Tajo estaba a un 47% de su capacidad y, Entrepeñas (Guadalajara) a un 13%, la mitad que el año pasado, o su vecina, la Tajera que está a un 15%.  Por el Norte, más de lo mismo, donde solo parece salvarse la cornisa cantábrica, el Pirineo occidental, Aragón y las Baleares.

La Generalitat constituyó, en agosto, la Comissió Interdepartamental de Sequera, para analizar la situación y las medidas a adoptar para combatir la falta de agua persistente. Los embalses de cuencas internas entraron en modo alerta al bajar del 40% de reservas, situación que se ha ido paliando gracias a las plantas desalinizadoras que han producido 34,5 hectómetros cúbicos de agua desde febrero. Y en la cuenca del Ebro, que suministra a los municipios del interior de Catalunya, nada estaba mejor, con algún caso extremo como el embalse de Rialb (Noguera), que andaba a un 15% de sus reservas. O en Tarragona, donde los pantanos de Guiamets y Ciurana se hallaban a un 22,1% y un 13,5% de su capacidad máxima.

Globalmente la cosa del agua está más o menos. Más de 750 millones de personas carecen de acceso a agua potable y más de 2 millones de seres humanos pierden la vida cada año por este problema que se va agudizando a velocidad exponencial con el calentamiento global y mal uso. Según la Organización Meteorológica Mundial, dos de cada tres personas de este mundo, en 2025, sufrirá restricciones en el suministro de agua. Y, al final de esta década, el Foro Económico Mundial calcula que la humanidad necesitará un 40% más de agua de la que consumimos actualmente.

Jordania es el primer país que parece que se quedará sin agua potable, sus ciudadanos amontonan depósitos de agua en los tejados porque no saben cuándo saldrá agua del grifo, pero no es el único. Según el grupo de científicos Natura Communications, existen puntos críticos en Brasil y en zonas de Venezuela y Argentina. En África la región africana del Sahel especialmente, aunque también notable en Sudáfrica y el Norte, como la cuenca del Nilo en Oriente Medio. Muy crítico también el Gran Valle del Rift y la India, como el centro de EE.UU. Algo menos en Australia y Nueva Zelanda y crítico también el suroeste de Rusia y el noreste de China, donde el 35% de los pozos está prácticamente secos y no pocos ríos están tan contaminados por la creciente industria que beber su agua es altamente perjudicial para la salud.

En Europa, la sequía ha alcanzado dimensiones drásticas en los últimos cuatro años, Francia encadena una tremenda racha por el noroeste y la probabilidad de sufrir sequías extremas en verano aumentará un 25 % en centro Europa. En Europa oriental y los Alpes la misma probabilidad de sequías graves aumenta 20 % y hasta el 40% las extremas. Los ríos pierden navegabilidad y la producción hidroeléctrica se resiente. Desde 2003, las sequías han causado considerables costes sociales, económicos y medioambientales, dice el citado informe de Natura Comumunications, aunque no los cuantifica rigurosamente.

Mientras el consumo doméstico representa un pequeño porcentaje del gasto del agua mundial, la industria y los sectores agrícola y ganadero son negocios muy sedientos que utilizan indecentes cantidades de recursos hídricos para producir lo suyo. Más del 90% del consumo de agua es para la industria y la agricultura que gastan como si el recurso fuera inagotable y pagan a precio de saldo.

Nuestra dieta alimentaria es un serio problema. Para producir carne en cantidades industriales la contaminante ganadería intensiva requiere cultivar soja, trigo o maíz de forma masiva. El 80% de los recursos hídricos en España se destinan a la agricultura y la ganadería. El aguacate, mucho más rentable en el mercado, ha sustituido a otros cultivos menos sedientos mientras la escasez está inflando los precios de los cereales o la producción industrial. Sin embargo, las restricciones apuntan a la población.

Convertir agua salada en agua potables es posible pero caro, de hecho, nuestro país ha impulsado un plan millonario para multiplicar las plantas desalinizadoras, pero es un proceso que requiere mucha energía y el horno no está para bollos. La ciencia y la tecnología, nuestras mejores armas, nos ha ofrecido soluciones brillantes, como los filtros nanométricos, que limpian de virus, bacterias y demás contaminantes el agua más sucia que puedas imaginar, pero estamos lejos de aplicar estas soluciones a gran escala. El Gobierno Chino, para reducir la sequía en ciertas zonas, recurre desde hace años al «sembrado de nubes», que consiste en lanzar al cielo, mediante cohetes o aviones, productos químicos como el yoduro de plata, sal o hielo seco. De todo hay.

Todo está conectado y de poco servirán soluciones parciales si no nos replanteamos seriamente una reingeniería global de nuestros procesos industriales y agrícolas, del turismo de piscina y campos de golf, el transporte y la movilidad o de comer y vestir como en tiempos en los que la abundancia parecía infinita. Las restricciones de agua aparecen ya como algo puntual, pero todo apunta a que se irá agravando el problema y se irán cerrando grifos. Quizás un mundo apocalíptico, similar al imaginado en la película Mad Max, ya no se antoja tan lejano y utópico, al menos que nuestros dirigentes políticos se sacudan la alergia a las decisiones incómodas y a incomodar a los poderosos que los manejan.

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