Revolución a la francesa

Desde la caída del imperio romano, allá por el siglo IX, el feudalismo fue el sistema político, económico y social que dominaba en los países europeos durante la denominada Edad Media. Con sus lógicas diferencias territoriales y culturales duró más de 8 siglos en los que, con una cierta independencia de los reyes, los nobles amos de cada feudo, con sus castillos, tierras y tal, protegían a los vasallos que curraban dentro y alrededor de sus murallas en agricultura, ganadería y trabajo artesanal, cosiéndolos a impuestos, manteniéndolos en la pobreza y sin perspectiva alguna de mejora social.

Para salir de aquel largo y oscuro túnel del tiempo y entrar en la modernidad occidental, en la era de libertades, derechos humanos, ciencia y progreso en la que hoy vivimos, no pudimos o no supimos hacerlo de otra manera que, mediante una revolución, un revolcón social y político que ocurrió agonizando ya el siglo XVIII, para cambiar, una vez más, la Historia de los humanos en una Europa que era el centro y vanguardia del mundo.

Hasta los mismísimos de un poder feudal representado por la monarquía absolutista de Luis XV, rey de la Francia de aquella época, miles y miles de ciudadanos se lanzaron a las calles para cambiar radicalmente la sociedad y la política, aunque ellos andaban más persiguiendo sacudirse la miseria, el hambre, la enfermedad, el trabajo esclavizante y cero perspectivas de prosperar.

Con una población de unos 23 millones de franceses solo unos 300 mil formaban la privilegiada élite de aristócratas y clero que vivían como querían, montando fiestas, banquetes y demás despilfarro. La idea de la Asamblea Nacional fue el cínico invento para que el pueblo tuviera representación y limitar el poder total, político, económico y legal. Pero tres años de frustración después, en 1792, el pueblo, entre garrotazos, algaradas y debates callejeros sobre cómo reorganizarse, se enredó en un anárquico proceso de enfrentamientos para cambiar la cosa por lo criminal.

La nueva sociedad, con los principios de libertad, igualdad y fraternidad, heredados de la Ilustración de los Voltaire, Rousseau, Diderot o Montesquieu, se basaría en los derechos fundamentales de todos los seres humanos. El proceso, que fue largo y caótico, duraría una década a partir de la caída del aristocrático gobierno gabacho y la elite eclesiástica que lo rodeaba, poderes de los que rodaron, literalmente, no pocas cabezas por el método de la guillotina, principalmente.

Junto a la primera ley de los derechos humanos universales sin distinción de raza ni credo, ni lugar de nacimiento, el resultado que culminó aquella sucesión de acontecimientos violentos y desorganizados fue la redacción de la primera Constitución republicana de la historia occidental. Al enorme pifostio interno que se montó para proclamar la República, se sumó el ataque orquestado de los vecinos reinos e imperios que, viendo el percal colindante y temiendo por sus reales cabezas e intereses privilegiados, acudieron en defensa y rescate de la monarquía y la aristocracia francesa.

Napoleón Bonaparte, general revolucionario de los más espabilados del cotarro de generales franceses, tras ser nombrado Primer Cónsul de la República en 1799, acabó dando el golpe de Estado que devolvería un cierto orden a las convulsiones de la emergente República y restaurando una nueva y más moderna monarquía que se denominó Primer Imperio francés para disolver la Primera República Francesa, en 1804. Aunque, a su totalitaria manera, aplicó los principios revolucionarios.

Pero Napoleón, ambicioso como pocos, tardó poco en proclamar su propio Imperio y, como Emperador supremo, enredose en la conquista de Europa, toda ella. Considerado uno de los mayores genios militares de la Historia, en poco más de una década ya controlaba toda la Europa Occidental y la Central, hasta que fue derrotado en la batalla de las Naciones, 1813, lo que le obligó a abdicar y regresar a Francia donde persistió, tozudo, en su misión hasta su definitiva derrota en la batalla de Waterloo, en 1815.

Europa entera se vio involucrada en la movida napoleónica marcada por un periodo de coaliciones internacionales contra Francia. La Primera Coalición que se orquestó para finiquitar el republicanismo (1792-1797) fue la de Austria, Prusia, el Reino Unido de la Gran Bretaña, España y el Piamonte (Italia). La segunda Coalición, hasta 1801, incorporó al imperio otomano, al ruso y hasta los Estados papales, infringiendo a los gabachos duras reprimendas. Decidieron incorporar a Napoleón al enredo y la cosa bélica alcanzó hasta la séptima Coalición que sería la que cerraría la saga con la derrota de Waterloo y con Napoleón desterrado por los británicos a la isla de Santa Elena que aprovecharon para birlarle a la Francia unas cuantas colonias, Tobago, Seychelles, Mauricio, Santa Lucía, Islas Chagos…, para convertir, a los hijos de la Gran Bretaña, en la primera potencia del mundo mundial de la época.

Conocido por sus soldados como el “Pequeño Cabo”, déspota, tirano y artífice principal de millones de muertes, revoluciono el “arte de la guerra” y dejó enormes repercusiones para la Europa del siglo XX. Napoleón utilizó enormes ejércitos en contra de los anteriores, relativamente pequeños y con alto grado de mercenarios que no pocas veces se volvían en contra si otro pagaba más. Revolucionó la artillería con unidades móviles e independientes en apoyo de otras unidades, estandarizó los calibres de los cañones y bombas rediseñando la logística y la intendencia. Empezó a utilizar el telégrafo y la vigilancia aérea con globos aerostáticos… La Revolución industrial, con su producción masiva y sofisticada, haría el resto para reinventar la industria de matar y multiplicar las víctimas de los conflictos de manera exponencial a partir de entonces.

España, otra vez más, sería invadida por sus vecinos, franceses ahora, en mayo de 1808. Napoleón quitó al rey Fernando VII para poner otro en alarde de nepotismo, a su hermano José Bonaparte, más conocido como Pepe Botella que reinó, más perjudicado que sereno, hasta 1813. España quedó militarmente destrozada y a merced de los movimientos independistas en sus colonias que, inspirándose en las ideas revolucionarias, emprendieron un proceso que desplumaría colonialmente las américas dónde solo quedarían Cuba y Puerto Rico. Sí, otra historia.

Los ideales de la revolución francesa, democracia, abolición de los privilegios abusivos, tribunales justos…, repercutieron más allá de las fronteras francesas y las monarquías europeas tuvieron no pocas dificultades para mantener la arbitrariedad y autoridad absoluta prerrevolucionarias, viéndose invitados a acometer reformas en sus leyes y códigos sociales. El nacionalismo, poderoso movimiento surgido a consecuencia de la movida napoleónica, rediseño el mapa, el concepto y el devenir europeo durante el próximo siglo.

La libertad y la igualdad ante las leyes, en derechos y obligaciones para los ciudadanos, se convirtieron en gasolina para las incipientes democracias y también para los movimientos independentistas que perseguían sacudirse a los colonizadores. Y los nuevos ciudadanos demócratas empezaron a participar responsable y activamente en las decisiones y el destino del grupo social al que pertenecían, ahora naciones.

Pero parece, a la luz de las actuales extremadas y galopantes desigualdades sociales, que la fraternidad fue cayendo en el olvido, como si se pudiera desgajar de los dos principios anteriores, sin problema ético alguno. En nuestras democráticas sociedades en las que domina un capitalismo asilvestradamente especulativo e irresponsable, cientos de multimillonarios nuevos aparecen cada año mientras millones de personas caen en la pobreza para un futuro miserable. Y cada vez más acusadamente.

Aunque también se antoja que poner un voto cada cierto tiempo es demasiado poco para ejercer la responsabilidad activa que exige ser democráticos ciudadanos. Con excesiva irresponsabilidad y despreocupación dejamos nuestro futuro en manos de aquellos a los que votamos y de las multinacionales que los manipulan y nos alinean como meros consumidores necesarios y fáciles de manipular. En un mundo de inteligencia artificial y big data en el que los ciudadanos somos datos y espiados sin contemplaciones para cotizar en los mercados y manipular elecciones, libertad y democracia son conceptos, como poco, cuestionados.

En cuanto a reyes y nobles, los franceses superaron el arcaico y obsoleto sistema para conservar la República y nos dejaron en herencia a los Borbones, repuestos en el trono español por la dictadura de Franco. Y sí, nos ha quedado bien claro que no todos somos iguales ante la ley. El Rey Emérito, que ha acumulado una fortuna de unos 2300 millones de euros según el Financial Times, no responde ante la justicia por haber utilizado su cargo para enriquecerse con millonarias comisiones y, no puede ser investigado ni por Hacienda, que somos todos, ni por nuestros representantes políticos, gracias a la impunidad que le brinda su real inviolabilidad.

Con renovadas formas y actores, inverosímilmente, todo se parece bastante a aquellos tiempos prerrevolucionarios, aunque quizás debamos añorar el pensamiento crítico y la capacidad de rebelarse de entonces. Hoy, hábilmente laminados por el sistema, nos hemos vuelto muy indolentes a los atropellos, torpes para ejercer la responsabilidad ciudadana y diestros para sacudirnos la culpa, blanquear nuestra conciencia y achacar nuestros males a los que nos gobiernan y a quienes los manejan cual marionetas del dinero. Quizás, más que nunca, vivimos huérfanos de una nueva revolución.

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