La increíble historia de un Panthero

La década de los 70’s tocaba a su fin mientras Taglioni y su equipo, Bocchi, Mengoli, Martini y compañía, andaban enredados en un proyecto que devolviese a Ducati los laureles y parabienes que habían conquistado con sus incomparables SS, la 750 y la 900, modelos con los que Ducati se metió de lleno en la gran Historia del motociclismo de gran cilindrada.

Y vaya si lo lograron, la Pantah 500 fue una moto espléndida con la que muchos alucinamos en los 80’s, década en la que los japoneses ya proponía motos increíbles. Su potente imagen racing, con su enorme y fascinante cúpula, su velocidad y agilidad gracias al preciso bastidor Verlicchi, o la música de sus escapes, un hechizo característico del bicilíndrico en L, la convertían en deseo y mito emergente apenas se dejó ver por las calles.

Yo cambié mi época hipee universitaria de Lambretta y melena al viento por una Moto Guzzi 250, bicilíndrica de 2T a la que le había puesto un manillar cinco piezas y unos tubarros de la época para alcanzar una motomorfosis radical en mi trayectoria motera. Soñando a la italiana me encontré una Pantah 500 por 300.000 pesetas y caí en las redes de Ducati, desde entonces ducatinómano para la eternidad. Pero eso es otra historia.

La historia que te voy a contar me llegó a través de un grupo motero de esos que las redes sociales han facilitado cantidad para relacionarnos en a distancia cómo extraños conocidos. Al parecer había sido publicada en algún medio y, me gustó tanto que voy a compartirla contigo.

Miguel Ángel Betancor, enredado en los 70’s en toda competición para la que le daba su pasión y presupuesto, acabó comprándose una Pantah 500 primera serie a principios de los 80’s. Disfrutando como mono sobre aquella máquina que rozaba la perfección y colmaba sus sueños, fue a dársela contra una furgoneta que, en mala hora, optó por un ilegal cambio de dirección en los alrededores del puerto de Las Palmas de Gran Canaria.

Andaba recuperándose del accidente cuando, solo 15 días después, ya ganaba una carrera de resistencia en el Jarama, con Juanmi Herrera de compañero. Mientras, en el taller, la Pantah ultimaba también su recuperación del percance para salir, poco después, pintada en blanco y rojo, preparada para reiniciar juntos una nueva y esperada etapa.

La Pantah submarina

Pero, cuenta la historia que, mientras se metía una pizza entre pecho y espalda, en “La Góndola”, pudo ver como se la robaban a plena luz del día. Cual detective inquieto, buscó y rebuscó por todos los rincones de la isla hasta que, tres meses después, encontró la pista que le llevaría hasta ella. Según pudo averiguar, los desaprensivos raptores la habían despeñado por el acantilado del Matadero, en Costa Ayala, lugar dónde al parecer era costumbre que los amigos de lo ajeno tirasen los coches después de desvalijarlos para vender sus piezas.

Miguel Ángel compartía su pasión motera con la motonaútica, en la que conquistó dos campeonatos del Mundo de T-750, (1988 y 1990) además de varios subcampeonatos, Campeón de Europa de T-850 en 1996 o dos títulos de Campeón Continental, sin contar las 15 veces que fue Campeón de España, trayectoria que le llevó, en 1994, a la Medalla de la Real Orden del Mérito Deportivo.

El caprichoso destino quiso que ambas pasiones coincidieran y se apañó una Zodiac para embarcarse en la aventura de rescatar su moto. Tras muchas horas navegando bajo el sol canario, un día, en una de sus numerosas inmersiones, avistó la Pantah, agazapada en el fondo marino, cual barco hundido por los piratas en otra época.

Para nada debió ser fácil bucear hasta 35 metros de profundidad para amarrarla con cuerdas y buscar la superficie. Imposible subirla a la Zodiac, la ataron como pudieron para navegar 10 kilómetros arrastrándola hasta Las Canteras, donde pudieron sacarla atestada de camarones y caracolas, pero prácticamente entera. Los muy eunucos solo le habían quitado los amortiguadores.

La tuvieron una semana sumergida en gasoil, para ablandar resistencias antes de desmontarla pieza a pieza y empezar con su segunda resurrección que acabó con la Pantah de nuevo en la carretera, rodando y rugiendo en su hábitat natural tras su imposible aventura submarina.

La Pantah resucitada

En una isla todos acaban conociéndose y, cuenta la historia, que, Miguel Ángel llegó a saber quiénes fueron los ladrones. Intrépido como es, les llevó la moto a la puerta de sus casas y la dejó, con las llaves puestas, varios días. Los cuatreros moteros anduvieron más que intranquilos ante la amenazadora presencia de aquel fantasma resurgido de las profundidades de los mares y, te puedes imaginar, ni osaron acercarse.

Hoy, Miguel Ángel todavía la mantiene entre sus viejas glorias y recuerdos, a punto y afinada para salir desafiante y marcarse unas curvas, porque la Pantah, cuarenta años después, sigue siendo una moto divertida y solvente como pocas entre las clásicas. Doy fe.

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