Embusteros, ignorantes y cínicos

Más que sorprenderme, me aterra la facilidad con la que los humanos aceptamos o toleramos la mentira, lo sencillo que les resulta, a los mentirosos, arrástranos a la falsedad, al equívoco. Corren tiempos en los que la verdad, si lo que decimos es cierto o no, parece no tener valor, lo que importa es ganar la discusión o el debate. Y, por lo que estamos viendo, todo vale.

No discutas nunca con un ignorante o un manipulador, vas a perder seguro. Discutir con alguien corto de inteligencia, aunque aspire sinceramente a la verdad, no te llevará a nada. No será capaz de seguir los mejores argumentos y, más pronto que tarde, se sentirá ofendido y, entonces, ya no te enfrentarás a su intelecto sino a sus sentimientos de inferioridad. Puede que pierda el interés por seguir hablando y quiera pasar al insulto, o a las manos.

Si el debate es público y hay audiencia, te sorprenderá la cantidad de personas que, sin pensamiento crítico suficiente, se tragan tretas o artificios de lo más burdo. Quizás por eso, una mentira repetida 100 veces acaba convirtiéndose en verdad. Las redes sociales nos han mostrado lo útiles que son para difundir y consolidar bulos.

Más peligroso todavía es el pensamiento de grupo. No pocos comulgan con el embuste y el fraude por miedo al rechazo, a no coincidir con los dominantes y ser “apartados” del grupo de referencia. Los estudios de psicología son tremendos, demuestran que solo un 10% es capaz de enfrentarse al pensamiento de grupo y decir lo que cree enfrentándose a la opinión de la mayoría del grupo.

Alrededor de estos líderes de opinión manipuladores hay también hay mucho cínico o interesado que, sin creerse la trola, transige y la secunda porque todo vale para machacar al oponente o adversario. Tienen criterio y juicio crítico, pero lo sacrifican, como sacrifican la verdad, para instalar el relato que les interesa y perjudica a los de enfrente.

Para tratar con estos maestros de la mentira y profesionales rompe-debates, te irá bien leer a Schopenhauer, quien reunió, en “El arte de tener razón”, 38 “estratagemas de mala fe” para ganar un debate. Un mal arte de dialéctica perversa en el que, como estamos viendo, algunos políticos son verdaderos expertos. Trump ha sido paradigma mundial, pero aquí no andamos huérfanos de políticos para los que la ética, el fair play o la responsabilidad no cuentan para nada.

Para la perplejidad de muchos, la política se ha convertido en una distópica simulación de debate en el que las ideas o los argumentos brillan por su ausencia mientras la mentira y el insulto dominan la inútil discusión y refriega en que andan enredados. Unos provocándolo y otros dejándose arrastrar.

Pero vayamos por partes, cómo Jack el destripador. Dice Shopenhauer que una persona emocionalmente perturbada no será capaz de razonar de forma correcta. Así pues, irritar al adversario, encolerizarlo, es conveniente y, una vez encontrada la idea o argumento que le hace enfadar, persistir tanto como convenga. También vale desconcertar al adversario mediante palabrería sin sentido con disparates que parezcan eruditos o profundos.

Amplificar la afirmación del adversario llevándola más allá de lo que realmente quiere decir, es una estratagema principal. Hay que interpretarla de la manera más general posible, tomarla en su sentido más amplio y exagerarla sin complejos.

  • ¿Está usted de acuerdo con la eutanasia? Entonces está en contra de la vida

Tomar cualquier frase del argumento del otro y atacarle aplicándole un juicio de valor que no tenga nada que ver con la cuestión.

  • “Yo adoro la vida”
  • ¿La adoración? Ese es un tema confuso y poco científico…

Otra treta es mutar, cambiar de tema. Si el oponente inicia una argumentación sólida con la que parece que inclinará el debate, es fundamental que no prospere con ella, hay que impedir a toda costa que la finalice, interrumpiendo, desviando la discusión hacia otras cuestiones…

Otra es inquirir, preguntar mucho de una vez y sobre muchas cosas, buena técnica para ocultar lo que en realidad se quiere que admita el oponente. Una vez lo ha admitido, hay que resaltarlo rápido y buscar las contradicciones con cualquier cosa que haya argumentado también. No dudar en utilizar premisas falsas, argumentos absurdos o postular lo que nunca ha sido probado.

Otra artimaña es hacer sospechosa una afirmación del adversario. Hay que enmarcarla en una categoría aborrecible, aunque solo esté relacionada con ella de manera vaga, por similitud o por cualquier ocurrencia. Aunque no hay nada más práctico que una buena teoría, también vale recurrir al sofisma:

  • “Eso puede ser cierto en la teoría, pero en la práctica es falso”
  • Si algo cierto en teoría lo es también en la práctica, al menos que la teoría falle.

Darle la vuelta al argumento es otra estratagema muy socorrida. Recoger el argumento del adversario, deformarlo, tergiversarlo, caricaturizarlo y volvérselo a lanzar, sin dudar en falsificar o incluso inventar citas empleando autoridades en vez de razones.

  • ¿Cree usted que el aborto es un derecho? Entonces está de acuerdo con la exterminación de los más débiles, cómo el nazismo...

Si se hacen comparaciones es importante elegir bien los términos, sin reparo alguno y con la menor ética posible, buscando favorecer siempre la propia interpretación. Pero si lo que se pretende es que el adversario acepte una tesis, hay que presentarle la idea como opuesta y darle a elegir. Se trata de contraponer el gris al negro, para poder llamarlo blanco, como si no hubiera más opciones.

  • Rocío Monasterio (VOX): “Una pensionista en Madrid que está cobrando 400 euros no tiene estos 4.700 euros [que tiene un menor extranjero no acompañado] para vivir”
  • Es una deformación porque Vox no separa los extranjeros, a los que critica, de los españoles, ambos los atiende la misma red asistencial. Tampoco reciben directamente ese dinero, sino que son partidas destinadas a las organizaciones o instituciones encargadas de su tutela para mantener la residencia en la que se alojan, los sueldos de profesores y cuidadores, contratados por empresas externas u organizaciones, y los gastos por alimentación, ropa y otros bienes de primera necesidad.

Si el adversario no responde a una pregunta o a un argumento, lo elude o responde con otra pregunta, hay que insistir, se ha encontrado un punto débil. Pero un buen maestro en el arte del mal debate sabe combinar todos los artificios y, si todo falla y advierte que el adversario es superior, que su argumentación es muy superior, entonces hay que pasar al insulto, ser ofensivo, grosero, insolente…, sin contemplaciones.

Si a pesar de todo te ves envuelto en un debate con un personaje de esta índole, además de no caer en provocaciones, no implicarte emocionalmente y conocer bien todas estas indecorosas astucias, vas a necesitar una audiencia inteligente. Persuadir es el arte de agradar y convencer, y también hay principios y estrategias para mover voluntades. Pero eso es otra historia.

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