Un millón de muertos

Seguramente han muerto muchos más, por qué no a todos los que nos han dejado en estos meses por culpa del SARS-2 se les ha contabilizado como víctimas de la pandemia, pero, sea como sea, el coronavirus ha sobrepasado ya esta cifra oficial en el planeta, haciéndonos conscientes como nunca de nuestra vulnerabilidad y nuestros miedos.

Sin embargo, la muerte, tabú donde los haya, es tan consustancial a nuestro estilo de vida que solo nos sorprende y nos atemoriza cuando nos amenaza bajo una apariencia innovadora. En este año 2020 acabaremos contabilizando más de 9 millones de muertes por cáncer, más del doble por enfermedades cardiovasculares, más de 1,6 millones por diabetes, casi 1,5 millones por accidentes de tráfico o más de 800 millones por falta de alimento, sin contar que más de 2000 millones carecen de algo tan básico para la vida como el agua potable. Pero todo esto viene siendo lo normal.

Acabamos por acostumbrarnos a cualquier cosa, somos animales de costumbres y hemos terminado por aceptar como normal que las personas pierdan la vida en accidentes de tráfico o que 35 millones de personas hayan caído víctimas del SIDA en las últimas décadas, olvidando el miedo que nos causaba los primeros años. Subimos a nuestros hijos al coche, para llevarles al cole o de vacaciones, sin pensar que mueren más niños dentro de un vehículo que por el temido coronavirus. El coche es imprescindible para nuestras vidas y para nuestras economías.

Sin embargo, la Covid-19 ha revolucionado nuestro mundo, la mortal novedad atrae al miedo que se contagia más que el virus y ha llegado a la economía para provocar más víctimas colaterales que directas. Mientras, todos andamos enredados con la nueva santísima trinidad: lávate, las manos, ponte mascarilla y guarda distancia social. Pero el virus sigue avanzando y es el rey de los telediarios.

Acabaremos acostumbrándonos a este coronavirus y seguramente el próximo, que lo habrá. De hecho, no pocos expertos nos alertan sobre una pandemia cada 5 años. Pero ya no será lo mismo, acabaremos habituándonos a relacionarnos con la cara tapada, saludarnos sin besos ni abrazos o a la hiperconexión digital y el teletrabajo por miedo al contagio. El cambio climático se convertirá en lo más urgente y lo más temible, tanto para las personas como para la economía, y las pandemias se convertirán en lo normal. Ya hay sociólogos que han acuñado el término pandemials para los que nacen en esta nueva época o los jóvenes que se verán seriamente afectados por ella.  

Sí, también es costumbre que lo urgente se anteponga a lo importante y el tupido bosque de coronavirus nos ha tapado los árboles que caen por la plaga de incendios, el humo de nuestra industria y sistema de distribución, el plástico que se apodera de nuestros océanos o los vertidos y venenos que irresponsablemente repartimos por tierra mar y aire.

Por compartir algunos datos, te apunto que antes de esta coronacrisis: el número de aviones que despegaban a diario en todo el mundo era el doble que hace diez años. En los últimos 50 años, la población se ha duplicado, pero la producción de carne, azúcar o cereales se ha triplicado, lo mismo que el consumo de combustibles fósiles. Y todo esto lo consume un 10% de la población, mientras cada día hay más personas en la miseria, pasando hambre. El desperdicio es una característica pujante de nuestros tiempos, solo comparable a nuestra incapacidad para compartir.

Todos los que vivimos acabaremos muriendo, es un hecho. Seas fumador, adicto a la carne, loco por el azúcar o la persona vegana más sana va en bici al curro, no prueba el alcohol y nunca se sube a un coche, todos acabaremos igual. La vida es un juego del que nadie sale vivo. Aunque todo apunta que no nos queda otra que aprender a vivir con una galopante tendencia al pesimismo y a la incertidumbre.

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