En-red-ando

Una nueva cultura se extiende desde Silicon Valley para alcanzar hasta el rincón más lejano del planeta, hasta el humano más remoto que pueda conectarse a internet y convertirse en un consumidor o un posible votante. No hay fronteras, y parece imparable.

Un reducido grupo de ingenieros y diseñadores tecnológicos, apenas unos cuantos cientos, toman decisiones que afectan a más dos mil millones de personas y creciendo. Sobre nuestra forma de pensar y actuar. Es la nueva revolución cultural en la que andamos enredados durante la última década. Las redes sociales no son herramientas que nosotros utilizamos cuando las necesitamos, tienen sus propios objetivos, sus propios medios. Y juegan contra nosotros, contra la misma sociedad.

Vemos cómo afecta a nuestros hijos, a las personas de nuestro entorno, pero nos sentimos impotentes, sin saber qué hacer. El índice de suicidios aumenta alarmantemente mientras los adolescentes se comparan con estándares de belleza irreal, crece el número de adictos al juego que arruinan su vida y la de su familia, se manipulan elecciones… Las empresas que hay detrás lo saben, pero el beneficio económico está por delante de las personas y las leyes son más lentas que la tecnología y la avaricia.

Todas estas corporaciones tienen expertos en el cambio conductual, en crear adicción, en tecnología persuasiva para modificar comportamientos. Lo que psicología se conoce como refuerzo positivo intermitente y sirve para implantar hábitos inconscientes, un nivel de programación profunda que conocen bien los sofrólogos, una suerte de magos en la hipnosis. Hacemos lo que ellos quieren que hagamos y nos mantienen “pillados” para que no hagamos otras cosas, así de simple, así de perverso.

Google, la pionera a la que todos quisieron imitar, Facebook, Apple, Twitter, Instagram, Snapchat, Pinterest… son algo más que máquinas de hacer dinero. Son empresas exitosas, con relativamente pocos empleados y una gigantesca infraestructura de ordenadores, capitaneada por una Inteligencia Artificial cada día más poderosa y una legión de algoritmos cada día más sofisticados.

¿Si todas estas redes sociales y sus aplicaciones son gratuitas, por qué ganan tanto dinero? Fácil, el negocio es vender a sus usuarios. Sí, nosotros no somos el cliente, somos el producto. Los clientes son los anunciantes, los que pagan, por la publicidad y sobre todo por nuestros datos e información sensible que utilizaran para vendernos una moto detrás de otra, para convertirnos en consumidores compulsivos, para mantenernos enganchados, sin oportunidad de pensar en cosas que no quieren que pensemos.

Todos compiten por nuestra atención y la guerra es total, sin ética ni cuartel. Sí, los anunciantes precisan nuestra atención para mostrarnos lo que venden, pero eso es demasiado simple. En realidad, el objetivo es modificar nuestra percepción y nuestro comportamiento, cambiar lo que pensamos, lo que somos.  Y lo hacen de forma paulatina, sin que nos demos cuenta. No solo saben lo que miramos y durante cuánto tiempo lo miramos, saben cuándo nos sentimos solos o estamos deprimidos, si somos extrovertidos o introvertidos, si espiamos a nuestra expareja o a que médicos vamos, el tipo de emociones que nos hacen reaccionar… Lo saben todo de nosotros y gracias a nuestra ingenuidad.

Para las empresas que venden sus productos es genial, pueden afinar tanto con las necesidades e intereses, hasta con el momento emocional, que prácticamente tienen garantizado el éxito. Este es el nuevo tipo de mercado, un sistema en el que todos estamos vigilados, monitorizados y manipulados por los grandes gigantes tecnológicos que nos espían y manipulan con datos que les facilitamos sin la más mínima prevención o protección.

En esta nueva versión del capitalismo en el que las empresas comercian con humanos a gran escala, las grandes tecnológicas se han convertido en las organizaciones más ricas de la Historia. Los algoritmos manejan tantos datos que ni siquiera podemos imaginarlo y, sin prácticamente supervisión humana, los sistemas hacen predicciones cada vez mejores sobre que somos y que haremos, construyen modelos predictivos, perfiles psicológicos…, con una precisión que nos daría miedo conocer. Pero debemos saberlo, hay serias consecuencias.

La inquietante Inteligencia Artificial nos apunta directamente, para realizar ingeniería inversa y provocar determinadas respuestas, determinados comportamientos. Explota una vulnerabilidad de la psicología humana y la desprotección legal. Pueden utilizar señales subliminales para que determinadas personas voten determinadas opciones en unas elecciones o difundir fake news dirigidas a los influenciables detectados por potentes algoritmos, como lo hizo Cambridge Analitica, apoderándose de una indecente cantidad de los datos de Faceboock.

Sí, pueden afectar el comportamiento y las emociones sin que nos demos cuenta. Lo han hecho y ahora lo sabemos, pero no reaccionamos. Las grandes corporaciones tecnológicas tienen más poder que los gobiernos y, además, pueden influir sobre ellos, degenerar la democracia, reprogramar la mente de las personas. Algunos directivos con conciencia abandonaron algunas de estas corporaciones y sus brillantes salarios para denunciar estas prácticas, para advertirnos que debemos cambiar lo que no está bien. Sí, se debe.

En esta nueva cultura emergente que precisa la conexión compulsiva a internet, el engaño y la manipulación está en el centro y toda gira a su alrededor. Vivimos en un mundo distópico en el que cada vez que dos personas conectan hay un tercero que lo financia para obtener algo a cambio, algo que no nos explican, lo exige el guion la manipulación. Nos dicen que es gratis, no te lo creas. Conecta tu pensamiento crítico, desenrédate.

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