Lancia 037, licencia para ganar

Lancia ya había logrado, con el Lancia Stratos, tres Campeonatos de Constructores del Mundial de Rallys consecutivos (de 1974 a 1976), pero por motivos comerciales, Fiat había sustituido el Stratos por el Fiat 131 Abarth. Para 1983 Lancia construyó, desarrollado por Abarth,  el proyecto 037 Rally, para ganar el Campeonato del Mundo de Rallys tipo B de la FIA. Con licencia para ganar a la italiana.

Lancia Stratos

Audi, en 1979, había logrado introducir en el reglamento la tracción a las cuatro ruedas, y eso fue un enorme problema para los más pequeños. En los 80’s, el Audi Quattro era una auténtica maravilla de la ingeniería alemana con tracción a las 4 ruedas y 340 CV turbo propulsados, con un prestigioso equipo de eficientes ingenieros detrás liderados por el mago Roland Gumpert, reforzado por el poderío de Volkswagen y los mejores pilotos de entonces al volante: Hannu Mikkola, Stig Blomqvist y Michele Mouton que, juntos, sumaban 21 Rallys en su palmarés. Un coctel prácticamente invencible para los equipos que no habían dado el salto a la tracción total y no tenía el dinero por castigo.

Pero los italianos se las sabían todas y jugaron con todos los trucos que el reglamento permitía y alguna que otra triquiñuela. Puedes no creértelo, pero cuentan que la primera fue para esquivar una norma del reglamento: Para poder competir en el Campeonato, el modelo en cuestión debía tener fabricados para su venta al público al menos 400 coches. Lancia construía vehículos de rally, así que los de serie derivaban directamente de los de competición y su pequeña economía de guerra no estaba para tanto dispendio.

Lancia 037

Del precioso Lancia 037 Stradale, la versión de calle, los italianos solo habían hecho poco más de 200. Así que cuando los inspectores acabaron el recuento, les contaron que los otros 200 estaban en otro aparcamiento al otro lado de la ciudad. Mientras se dirigían hacia el otro aparcamiento, los directivos de Lancia que les acompañaban, los enredaron para para parar almorzar al más puro estilo italiano. Mientras, convenientemente, los coches ya contados se desplazaban al parking de destino para volver a ser contados por los inspectores que llegaron insospechadamente bien almorzados y contentos.

Sea cierto o no, este Lancia se basaba en la plataforma del Montecarlo, un reputado deportivo de motor central con diseño carrocero de Pininfarina. Ahora, con dos nuevos subchasis tubulares de alta rigidez para las nuevas suspensiones de doble brazo, se le calzó una unidad Lampredi DOHC de cuatro cilindros y 16 válvulas que no llegaba a los 2 litros, 1995 cm³, heredada del 131 y sobrealimentada por Volumex, otro invento de Abarth. La carrocería se hizo de Kevlar y fibra de vidrio y su fragilidad era compensada por un contenido peso de 960 kg, que con los 325 CV que era capaz de ofrecer, lo convertían en un rápido, fiable y manejable bólido con el que mejor no estrellarse.

Walter Röhrl, genio y fugura sobre ruedas

Lancia, con modesto presupuesto y el astuto Cesare Fiorio al frente, contaba con dos buenos pilotos Markku Alén y Walter Röhrl, un tipo singular que no estaba interesado en la popularidad y menos en ganar el Mundial. Dijo que solo quería correr en la media docena de circuitos que le gustaban. Entre otros, no correría en Finlandia, un circuito donde los coches daban enormes saltos en los cambios de rasante, argumentando que para volar hubiese sido piloto de aviones.

Sin embargo, a Walter si le gustaba Montecarlo, donde se iniciaba el Campeonato, aunque las heladas montañas no pronosticaban nada bueno para los italianos. Pero Cesare presionó a las autoridades locales para que esparciera sal por los tramos complicados, le dijo que el hielo era peligroso para los pilotos y el público…. Total, cuando pasaron los Lancia no había hielo. Aunque el reglamento no decía nada sobre poder cambiar los neumáticos, tampoco decía que no se pudiese. A media carrera, el equipo cambio a neumáticos de invierno y el resultado fue que, inopinadamente, metieron sus dos coches en primer y segundo lugar.

En Suecia Lancia no se presentó, no había tanta sal para aquella inmensidad de nieve y a Walter le interesaba poco el circuito. En Portugal, Audi también metió sus Quattro en primer y segundo lugar, y así hasta llegar a Córcega, circuito seco y liso que Walter si consideraba atractivo y en el que Lancia, viendo la oportunidad que el reglamento no prohibía, colocó cuatro coches para copar las cuatro primeras posiciones y volver a encabezar la clasificación.

El Acrópolis también era interesante para Walter y, inesperadamente, los Audi tuvieron serios problemas mecánicos en los duros tramos griegos, así que Lancia volvió a ganar. Llegó Nueva Zelanda y Argentina y las cosas se iban igualando. Finlandia ya sabéis que no estaba en los planes de Walter que corría a tiempo parcial y Audi ganó de nuevo. Solo quedaban tres carreras y Lancia tenía serias posibilidades de ganar el Mundial de constructores en San Remo, un circuito con mucho, mucho polvo.

Rally en Acrópolis, polvo de dioses

Era realmente complicado ver por dónde iba el coche si no eras el primero, así que los pilotos de Lancia intentaron demorar las salidas hasta que el polvo cayese. Con artimañas como: el cinturón no se abrocha, la puerta no cierra bien…, los jueces acabaron bastante mosqueados y, finalmente Walter tuvo que demostrar sus dotes de genio y hacer volar el Lancia por aquel circuito anotándose 33 de las 58 etapas. Lancia, que también había colocado 4 coches en esta carrera, copó las tres primeras posiciones y así, contra todo pronóstico, acabó ganando el título de campeón mundial de constructores en la temporada de 1983.

Faltaban dos carreras y aunque Walter pasaba de correrlas, Markku Alén tenía posibilidades de ganar el título de pilotos. Sin embargo, Lancia decidió que no se iban a molestar por ese tema menor. Sea como sea, el bellísimo, fiable y ágil Lancia 037, pasó a la historia de este deporte como último coche de tracción a dos ruedas en conseguir el ganar el Mundial. Tal y como te lo cuento.

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