La Revolución industrial

Desde el descubrimiento del fuego hace millones de años y la revolución agrícola del neolítico que facilitó el establecimiento de grandes grupos humanos y el nacimiento de las primeras civilizaciones, probablemente nada ha cambiado tanto la vida del homo sapiens como la Revolución Industrial que empezó a mediados del siglo XVIII. Tuvo un origen tecnológico, pero la transformación alcanzó la esfera económica y la social de forma exponencial para convertirse en el conjunto de disrupciones más revolucionarias hasta nuestros días.

Con el Renacimiento Europa empezó a salir de un largo periodo de oscuridad y estancamiento. Sin embargo, aunque creció el comercio, la banca y un incipiente desarrollo técnico, los humanos que se repartían por el territorio europeo en distintos pueblos, tribus y alianzas, no acababan de despegar, enredados con epidemias, hambrunas y, sobre todo, con largas y constantes guerras entre ellos. Por la tierra y los recursos, por la religión, por el honor y la venganza o por lo que se terciase, las espadas eran la forma de resolver cualquier conflicto y someter a otros. De hecho, defenderse y atacar mejor fue una de las causas importantes del desarrollo tecnológico, pero eso es otra historia.

El Reino de Gran Bretaña, que se constituyó en el Reino Unido en 1800, se convertiría en la principal nación del planeta con el capitalismo industrial. La riqueza y la renta per cápita empezaba a multiplicarse de forma sostenida, hasta entonces se había mantenido estancado durante siglos en los que el trabajo manual y el uso de animales para la movilidad y el trabajo eran lo que había. Pero llegaron las máquinas, y la metamorfosis se fue extendiendo, en las siguientes décadas, llegó a gran parte de Europa occidental y a la América anglosajona para acabar alcanzando a todo el mundo desarrollado.

La primera máquina de vapor, patentada por James Watt en 1769, no tardó en aplicarse en las instalaciones industriales, a finales de este siglo XVIII, en la industria textil y en las minas donde se extraía el abundante carbón inglés. Pero pronto llegó a la movilidad para la que se construyeron vías férreas, canales, y carreteras por donde circulaban personas, mercancías y materias primas mediante trenes, barcos y vehículos terrestres para impulsar el comercio y el transporte a un nivel hasta entonces desconocido.

El paso de una economía fundamentalmente agrícola a una economía industrial influyó sobremanera en la cantidad de población que rápidamente empezó a crecer exponencialmente produciéndose importantes migraciones del campo a las ciudades y un aumento muy notable de la capacidad de producción, y también de contaminación.

El primer motor de explosión, ciclo Otto, por el ingeniero alemán que lo desarrolló, pero fue el inventor francés Beau de Rochas, quien lo patentó en 1862. Sea como sea, no se empezó a aplicar con regularidad hasta la segunda mitad del XIX, más o menos cuando la energía eléctrica que, junto a los altos hornos y la siderurgia implicaron un salto tecnológico, productivo, económico y social todavía más disruptivo. Así, casi sin darnos cuenta empezamos a contaminar por un tubo y extraer del planeta, sin precaución alguna, todo lo que nos hiciese falta para crecer y crecer, compulsivamente.

La potencia industrial de los Estados Unidos cogió impulso a principios del siglo XX para superar los esfuerzos europeos. Japón también se unió con un éxito sorprendente. Mientras los países europeos del oeste llegaron algo tardíos, con los planes quinquenales que convirtieron a la Unión Soviética en gran potencia industrial en pocas décadas, más tardía fue la industrialización en China o la India. Hoy se habla ya de la 5ª Revolución industrial, otra historia, ya.

Las personas eran todavía la principal fuerza de trabajo y su incorporación en masa a los procesos industriales generó una nueva clase social, el proletariado, una clase social humilde, pero con mejores perspectivas que los campesinos pobres. Las máquinas, un bien caro y sofisticado, eran propiedad de la burguesía que vio aumentar mucho su riqueza en relación directa a la productividad y comercio creciente. Los millonarios empezaron a salir como setas.

El enfrentamiento entre estas dos clases sociales generó la organización de los grupos de trabajadores industriales dando como resultado sindicatos, organizaciones cuya misión era reclamar y defender los derechos de la nueva clase obrera ante las duras condiciones de trabajo y explotación que sufrían por parte de los propietarios de los medios de producción. El Ludismo, por ejemplo, fue un movimiento sindical que destruía máquinas.

Aunque la revolución temprana se sitúa a finales del XVIII, no es hasta mediados del XIX cuando los grandes cambios empiezan a notarse. A esta segunda etapa se la conoce como segunda revolución y coincide con la consolidación de las ideologías sociales como el comunismo, el socialismo y el anarquismo. Llega hasta principios del siglo XX, coincidiendo su fin con el principio de la primera Guerra Mundial. Después de la guerra, el progreso empezó a correr endiabladamente, cada vez más rápido.

Nuestro fulgurante progreso produjo una aceleración exponencial de la tecnología y el conocimiento, pero se ha basado, también exponencialmente, en el consumo de energía obtenida de los combustibles fósiles que han provocado el aumento de los gases efecto invernadero y el calentamiento del planeta en unos cuantos grados, entre otros efectos vinculados y altamente amenazantes. Los más de 6.000 millones de sapiens que pululamos por la Tierra persiguiendo la mayor parte de progreso que seamos capaces de atrapar cuando en el año 1800 la población mundial era de tan solo 1.000 millones de personas.

Si comprimimos el tiempo de existencia del planeta Tierra en 24 horas, los humanos aparecimos en los últimos dos segundos, pero desde la Revolución industrial hasta nuestros días solo habrían transcurrido unas pocas milésimas de segundo. Sin embargo, los cambios que hemos provocado en este breve espacio temporal, en muchas dimensiones, deberían hacernos reflexionar que quizás no sea inteligente correr tanto en la dirección equivocada.

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