El puerto y el futuro

En junio del 2009 me publicaron “Las infraestructuras del conocimiento”, artículo en el que venía a decir que los puertos del futuro inmediato no iban a diferenciarse invirtiendo en las tradicionales infraestructuras de cemento sino en las nuevas del conocimiento, en las tecnologías emergentes y en la capacidad de desaprender para aprender cooperando con su entorno inmediato y su foreland, entre la iniciativa institucional y la privada, apostando inequívocamente por la sostenibilidad y las personas.

Escaneado de contenedores, terminales automatizadas, robótica incipiente, telematización de procesos, sistemas información geográfica, big data para el tratamiento masivo de información y soporte decisional, los customer relationship manager (CRM) para el nuevo marketing relacional …, el desarrollo tecnológico avanzaba ya una nueva constante, la creciente velocidad y relevancia del cambio tecnológico en el que las personas y la cultura corporativa necesitaban una adaptación más rápida, aprender más deprisa.

Hoy, más de 10 años después, el concepto Smart Port, dentro del más amplio Smart City, se ha convertido en el centro de interés más principal. El puerto de Barcelona, en los próximos 5 años, invertirá más de 100 millones de euros en innovación tecnológica que inundará su territorio de sensores, dispositivos y aplicaciones avanzadas.

Las virtual gates, el control de flujos de movilidad, la trazabilidad de contenedores mediante sensorización (CTA), los CRM de segunda y tercera generación, la optimización del tráfico de buques (smart maritime traffic management), el twin-port, una simulación 3D de la instalación para recrear escenarios de emergencia, operativos…, destacan en un dibujo en el que se multiplicarán las telecomunicaciones blockchain, el 5G , el Internet of things, o las herramientas de gestión inteligente en el centro de un tsunami tecnológico al que se agregan importantes inversiones por parte de los operadores privados marítimos, portuarios, logísticos y de transporte terrestre, para revolucionar el negocio como nunca.

La cooperación, con la ciudad y con otros puertos punteros, como refleja la alianza Piers of the Future que vincula al puerto de Barcelona con Amberes, Montreal, Hamburgo, Rotterdam y Los Angeles, se ha convertido en imprescindible valor estratégico a corto plazo. Más de 40 proyectos, algunos ya en marcha, darán forma a esta iniciativa de innovación tecnológica que marca la nueva hoja de ruta hacia el futuro. Una tendencia que deberá consolidarse también para los retos medioambientales y socioeconómicos, cooperar más que competir.

En aquellos tiempos, a punto de iniciarse la segunda década del siglo XXI, el puerto de Barcelona intentaba soltar amarras con el antiguo modelo mientras triplicaba su territorio de operaciones. La necesidad histórica empujaba para invertir fuerte en las clásicas infraestructuras. La nueva terminal de contenedores, los accesos terrestres y el ferrocarril eran retos fundamentales y los ingenieros de puertos indiscutibles en el timón de la nave logístico-portuaria que navegaba ya hacia una encrucijada trascendental, hacia un maremágnum de nuevas tecnologías, conocimiento, sostenibilidad y cooperación más allá de la tradicional competencia. Una maniobra complicada ante la envergadura de la nave, las enormes olas de la inercia y el salto exponencial en aprendizaje colectivo de la tripulación.

Hoy, aquellos informáticos de los 90’s, que empezaron como un departamento del área financiera para pagar las nóminas, se han convertido en imprescindibles y andan enredados en cualquier proyecto e iniciativa importante de cualquier organización relevante. Su peso en el organigrama se ha multiplicado cómo el presupuesto de su área, y no hay travesía ni timón corporativo que pueda manejarse sin su imprescindible participación.  Pero en la cartografía estratégica hay diferencias importantes que deberemos incorporar para navegar hacia el porvenir.

El puerto de Barcelona tiene un programa ambicioso hasta 2050, haciendo suyo el Green Deal de la UE, electrificando muelles para reducir emisiones más de un 50% en la próxima década, bonificando bajas emisiones… Pero los indicadores sobre calentamiento global, deterioro de los océanos, erosión de biodiversidad o bacterias tóxicas, prometen presionar muchos de los objetivos e intenciones que nos estamos planteando hoy mientras crecemos en emisiones globales cumbre tras cumbre. Esta nueva década que empieza con emergencia climática puede acabar en modo pánico medioambiental, obligándonos a plantear un nuevo viraje radical en nuestra forma de hacer negocios y relacionarnos con el planeta para sobrevivir en él.

En aquel viejo artículo que he releído para construir este, las personas y la cultura corporativa eran claves en la gestión del cambio, un factor decisivo para la implantación de cualquier estrategia. Pero el conjunto de disrupciones tecnológicas que nos está atropellando parecen cambiar este enfoque. El rápido cambio tecnológico, una constante creciente desde la revolución industrial, ha acabado siempre por crear más empleos de los que destruía, pero nada parece indicar que eso vaya a repetirse.

Las enormes infraestructuras que construimos ayer se inundan hoy de tecnología inteligente. La robótica colaborativa, la conducción autónoma y los drones, la biotecnología aplicada o la informática cuántica, lideradas por la nueva generación de inteligencias artificiales harán, también de la distribución y la operativa portuaria, una realidad en la que el factor humano se va diluyendo para cambiar mucho el modelo de empleo que conocemos.

La compañía australiana Cortical Labs está introduciendo neuronas biológicas reales, de ratones y humanos, en un microchip informático con el fin de lograr la capacidad de pensar en una IA de última generación. En este sofisticado mundo de algoritmos y automatización galopante, a nuestras manos y cerebros se les agotan las oportunidades.  Las personas, históricamente imprescindibles para el crecimiento, podemos dejar de serlo para naufragar masivamente hasta la más absoluta irrelevancia si no tenemos cuidado y nos dejamos arrastrar por la frenética creatividad de los ingenieros tecnológicos, la rentabilidad financiera egoísta o el consumismo irreflexivo.

Una eficaz cooperación internacional se antoja hoy más que imprescindible, pero fenómenos como el Brexit, el Trumpismo y demás nacionalismos extremos, entre otros fenómenos, la están complicando mucho. La creciente pérdida de prestigio y crédito de los políticos tradicionales ha facilitado la emergencia de los más oportunistas y manipuladores que parecen arrastrarnos a modelos locales y autoritarios del pasado, obsoletos para afrontar los enormes retos globales que sobrevienen, lastrando mucho la indispensable colaboración planetaria.

Desaprender, desmontar viejos paradigmas, cuestionarse convicciones y principios que han predominado en el éxito durante muchas décadas, para nada es fácil. Pero es imperativo para aprender, para evolucionar y poder instalar una nueva cultura, un nuevo modelo mental, un nuevo paradigma industrial, económico y social que nos permita navegar con éxito hacia el complejo y arduo futuro que se otea en el horizonte con un calendario que parece venir cada día con más prisas.

Quizás los filósofos deberán relevar a los nuevos ingenieros tecnológicos en el manejo de la brújula estratégica, quizás los científicos deban tener mucho más peso en las decisiones políticas. Quizás las grandes organizaciones, que manejan hoy nuestro rumbo más que los gobiernos más potentes, tengan que empezar a cuestionarse con honestidad y valentía su estrategia. ¿Para qué crecemos? ¿Qué mundo futuro perseguimos? ¿Qué papel va a jugar la disrupción tecnológica en nuestro destino cómo humanidad? ¿Qué deudas y oportunidades queremos dejar a la siguiente generación?… Quizás sean tiempos de una Smart reflexión para poner primero lo primero.

Artículo publicado en https://diarioelcanal.com/smart-o-no-smart-hay-cuestion/

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