Café, motos y rock and roll

Que te voy a contar del café racer que no hayas leído ya, “Johnny cogió su café racer” es un intento distinto de enfocar el tema, aunque de lo que va realmente el movimiento café racer original es de rebeldía, de no conformarse con la moto y la vida estandarizada que te venden y montártelo tú, como a ti te gusta, para vivir la vida que quieres vivir, indisciplinada y veloz a ritmo de rock and roll o lo que a ti te mole.

El café racer está íntimamente vinculado al revolucionario ritmo que causaba furor en la juventud de principios de los 50’s, concentrando vigorosidad, protesta y diferenciación con su generación anterior. Una música para nuevos tiempos en los que todo se iba a acelerar bastante, en las carreteras, en la industria, en la política… y todo a un ritmo rockero emergente siguiendo los pasos de las primeras guitarras eléctricas y el rhythm and blues.

Motos y rockers

Fue un movimiento juvenil y motero, muy masculino, que era sobre todo adicto a la velocidad y al riesgo, pero con una vena artística que se traducía en una personalización de la motocicleta y también de una desobediente imagen complementaria, casco, ropa, peinados…, que les diferenciaba de otros moteros y de los impolutos rockers, de a pie o a cuatro ruedas.

La transformación de una motocicleta de serie en una auténtica cafetera, una moto casi de correr en circuito, tiene mucho que ver con el presupuesto, pero sobre todo con el gusto y el arte de singularizar una máquina en un ejercicio minimalista. Las cafeteras no añaden accesorios o modificaciones de cara a la galería, su objetivo son prestaciones y agilidad. El peso o la resistencia al viento son enemigos a combatir y los pequeños detalles un tesoro inmenso.

Motos y cine rebelde

Los jóvenes londinenses que desmontaban y se apañaban viejas motocicletas para su uso fueron creciendo hasta convertirse en tendencia. Aquellas primeras pandillas que casaron la música y el estilo alternativo del momento con lo de moverse de un garito a otro en motos transformadas, todas iguales pero distintas, no podían imaginar la repercusión y cantidad de seguidores que alcanzaría su movida con el paso de los años.

Chupa de cuero negra, botas, flequillos imposibles y olor a gasolina de una vieja motocicleta a la que dedicaban tiempo y buena parte de su pasta semanal. Una moto única pero que coincide con las de sus colegas de tribu en el espíritu racer de la motomorfosis. Los guardabarros sobraban, y todo lo innecesario para correr. Manillar bajo, estriberas retrasadas, asiento monoplaza, escapes ruidosos que mejoraban algo las prestaciones, un chicle más grande, admisión sin filtros…, ya sabes.

Una Triton, café-racer top

Pero lo que realmente crearon aquellos sediciosos jóvenes fue un estilo de vida, moto and roll, o algo así. Iban a currar con sus motos, las mantenían y mejoraban en su tiempo libre escuchando rock. Pero, sobre todo se reunían para salir en grupo y correr por las carreteras, de café en café, donde compartían unas cervezas mientras escuchaban en la gramola las canciones de Chuck Berrie, Bill Haley o Little Richard, y vuelta al mango, hasta el siguiente bar de carretera.

Los grupos fueron proliferando y se convirtió en tribu urbana, y su arte en tendencia y moda. Entonces algunos de los buenos preparadores, con recursos y habilidades, montaron las Tritón y demás, cafeteras rollo profesional, con el mejor bastidor, el de la Norton, y el mejor motor, el de la Triumph, una pasada, cum lauden cafetero.

Cafetera actual con BMW vintage

Realizaron reinterpretaciones imposibles, mejoraron funcionalmente máquinas exquisitamente singulares en la fauna con ruedas británica. También las grandes marcas, especialmente italianas, lanzaron cafeteras de sombrero y reverencia como la Le Mans de Guzzi o las Ducati SS, las Pantah…, bueno Ducati lleva genes cafeteros en su cultura corporativa más primitiva, eso sí, con el especialísimo toque de expresso italiano y desmodrómico.

Sí, el fenómeno se extendió a otros países y en el tiempo, y hoy, muchos preparadores profesionales actuales se han ido sumado al movimiento que tanto jóvenes, y no tan jóvenes moteros, vienen practicando desde hace décadas en sus garajes particulares, enredándose para montar su cafetera, a su bola, con sus propias reglas y limitados recursos, rebeldes sin causa que se lo pasa pipa.

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