“La democracia es el peor sistema, exceptuando todos los demás”

Tras varios intentos y reiteradas elecciones, hemos vivido, algunos con profunda vergüenza ajena y preocupación, el último y bochornoso debate parlamentario para formar gobierno en este país. Derrochando insultos y odio, con una derecha inexplicablemente exaltada e ineducada, incapaz para armar una alternativa, pero negando, con ira y bronca, la posibilidad a otros partidos tan democráticamente elegidos cómo ellos. Porque los considera españoles ilegítimos e ignominiosos para participar en esa España en la que solo caben los que piensan como ellos, y solo ellos merecen gobernarla. 

Parece que en España no somos capaces de superar nuestras diferencias y andamos enredados en una suerte de guerra civil continua, de inflamados discursos nacionalistas, de uno y otro bando. Desde antes de los iberos, celtas, carpetovetónicos y demás, hasta nuestros días, la integración ha sido un constante, irrespetuoso y duro enfrentamiento, fuente de sufrimiento y dolor, lejos de una próspera, educada y razonable colaboración entre los distintos pueblos de la península. De hecho, solo la fuerza y la imposición imperial árabe y romana han mantenido el concepto de unificación durante varios siglos seguidos. Dictaduras, Repúblicas y Decretos Reales no han pasado de unas cuantas y convulsas décadas a lo sumo. 

Puede parecernos algo especialmente innato de nuestro carácter pasional, energúmeno y guerrero, pero cómo en el resto del planeta, en nuestra Europa ha pasado exactamente lo mismo. Durante siglos y siglos hemos guerreado, con tecnología cada vez más sofisticada, entre las distintas tribus, pueblos y religiones que han pululado por el territorio, ondeando banderas, trazando y borrando fronteras para dibujar nuevas, desde que el sapiens es sapiens, incluso antes. 

Aquí en Europa, la actual Francia logró unificarse a base de mamporros entre normandos, bretones, francos, gascones y provenzales. Los británicos, colonias aparte, cuentan con una historia no menos sangrienta entre ingleses, escoceses, irlandeses y galeses, y los actuales alemanes unificados, lo consiguieron a base de sangre y hostias entre sajones, prusianos, suabos y bávaros, descontando guerras entre sí de distintas tribus y pueblos de los diferentes territorios europeos actuales.  

La Historia nos muestra que los humanos nos hemos ido asociando en comunidades más grandes a fuerza de violencia y conquista por las armas, milenio a milenio, con mucho sufrimiento y más dolor, hemos ido fusionando tribus, pueblos y civilizaciones, cada vez más uniformizados culturalmente. Pero a pesar del enorme daño y retraso que nos causan, las guerras y enfrentamientos siguen existiendo como método hacia la unificación, quizás hacia una única civilización global tan utópica y lejana hoy como imprescindible.  

Sin embargo, volviendo a Europa, tras la segunda guerra mundial, los europeos nos propusimos y quisimos imponernos que la política iba a ser el medio por el cual resolveríamos nuestras diferencias y continuaríamos avanzando hacia una sola comunidad de forma pacífica. La guerra, la violencia física o verbal, no podían ser el medio por el cual resolviésemos nuestros conflictos y diferencias. La palabra, el respeto y la democracia fueron la opción elegida. 

Durante más de siete décadas, la construcción de una Europa común ha seguido una hoja de ruta muy distinta desde entonces. Con diferencias y conflictos importantes, pero hemos derramado mucha menos sangre y hemos prosperado en calidad de vida cómo en ningún otro periodo de nuestra historia. Alemanes, franceses, ingleses, italianos, españoles…, nos propusimos cooperar hacia una Europa Unida, indispensable para competir en la primera división global en la que juegan EEUU o China. 

A nadie se le escapa que el Brexit ensancha la brecha que puede descomponer totalmente ese objetivo, cómo ha contribuido a ella el nacionalismo de los distintos países resistiéndose fuertemente a ceder soberanía para que Europa tuviese la que necesita, ahogándola en una burocracia incompetente, manteniéndola incompleta y alejándola de una ciudadanía que, tras la crisis sistémica de este siglo, ha entrado en desconexión creciente con la una clase política muy apoltronada, bastante corrupta y poco competente. 

La decadencia de los partidos políticos tradicionales y la crisis, climática, económica, sociopolítica…, en la que nos vemos prisioneros, han abierto camino a una nueva clase política oportunista que agita el miedo y el odio para intentar regresar a modelos más autoritarios, nacionalistas o religiosos, de nuestro pasado más feo, modelos locales que para nada tienen soluciones a los enormes problemas globales que nos amenazan hoy en día. 

El independentismo, catalán o vasco, es un error porque nos aleja de una Europa menos dividida en un mundo cada día más globalizado para el que deberíamos incluso coincidir ya en un único gobierno mundial. Pero también lo es el nacionalismo español, y sobre todo, la creencia de que el odio, la violencia o la represión son medios por los que conseguiremos convencer a los independentistas o a los que piensan diferente que es mejor continuar unidos y cooperar en paz hacia objetivos comunes.  

Pd: El título es una frase célebre de Winston Churchill 

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