Análisis de la idiotez pura

Se acaba este complicado 2019 y con él la segunda década del segundo milenio de nuestro calendario. Entramos en los no menos complicados 20’s con más incertidumbres que certezas, con más sombras que luces, pero aún con la mínima esperanza necesaria para una vida sana, para encontrar una salida al atolladero en el que estamos.

La nota de ilusión, de anhelo de un cambio que solo puede ser radical, la pone el inmenso conocimiento que hemos acumulado en las últimas décadas, la megapoderosa tecnología que hemos desarrollado, solo comparable a la estupidez, que ha crecido en nuestro mundo de manera insostenible y parece que tiende al infinito, como profetizó Einstein. Aunque la sandez también tiene grados.

Sí, la necedad, falta de entendimiento o capacidad para comprender las cosas, puede medirse. La ciencia nos dice, apelando al Coeficiente Intelectual (CI), que un tonto está entre 51 y 70, nada mal comparado con un imbécil, sujeto que transita entre 26 y el 50, pero cuyo grado de estulticia es superado por el idiota, persona cuyo CI anda entre 0 y 25. Menudo trio!

Dijo Mark Twin “Hay mentiras, asquerosas mentiras y estadísticas”. Pues bien, dice la estadística que hay un gilipolla, persona excesivamente lela, por cada 11 personas, pero el sapiens-sapiens, que desciende del mono, y parece que regresa irremisiblemente a él, sin ánimos de insultar al mono. Tal y como andamos parece que lo más adecuado sería autodenominarnos homus necius-necius, rompiendo estadísticas y pomposas autodefiniciones.

Sí amigo, nuestra avanzada civilización está en el borderline, es decir tiene recurrentes sensaciones de vacío o tedio asociadas a una producción insuficiente de serotonina, la hormona del placer. Por ese motivo andamos enganchados al consumismo excesivo de comida, drogas, ropa, sexo o tecnología de consumo. Manifestamos conductas que atenten contra nuestra integridad física, temerarias o abiertamente suicidas, cómo conducir a toda pastilla, contaminar el aire que respiramos o tirar plástico y mierda al mar como si fuese un vertedero en vez de nuestra mayor fuente de biodiversidad y gran pulmón del planeta.

Pero me voy a despedir con los mejores deseos, con la esperanza de que todos seamos mejores personas en esta nueva década que empieza. Que los idiotas se conviertan en imbéciles y que estos se atrevan a dar el paso para cambiar en simplemente tontos. Que los tontos, que abundan y mucho, atraviesen la frontera del 70 y se instalen en la simpleza, algo por debajo de la media considerada “normal” que anda entre 80 y 90. Que las personas “normales” sean las sensatas y buenas, y que el egoísmo, la avaricia o la miseria sean la excepción, no tendencias galopantes.

Que ésta que empieza sea nuestra mejor década y que no nos abandone el sentido del humor, falta nos hace. Ráfagas.

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