Menos es más

¿Somos más libres mientras más capacidad de elegir tenemos? ¿Hasta qué punto nos complicamos la vida y gastamos felicidad para tener muchas y mejores opciones de casi todo? Mientras más distraídos comparando más perdidos respecto a lo que necesitamos.

La comida, el móvil, la ropa, el ocio o los estudios, pasamos cada día optando. Sin embargo, hasta los más fríos y cerebrales toman la mayoría de sus decisiones con su sistema emocional, preconsciente y mucho más rápido. El calculador sistema racional, a pesar de la creencia general, lo usamos poco.

La publicidad y la manipulación colectiva saben bien como dirigirse al sistema emocional de procesamiento de la información y predisponer comportamientos, hábitos colectivos. La industria sabe bien que hay un alto porcentaje de personas influenciables y muy influenciables y paga bien por atraparlas en las redes del consumismo y el business, la religión más importante de nuestra época industrial que se enfrenta hoy a su mayor crisis.

Prisioneros en nuestro propio sistema, anestesiada nuestra capacidad crítica podemos ser inducidos a elegir o votar cosas que nos perjudican. Condicionados para sobre-consumir, para vivir con la necesidad de comprar y acumular cosas que no deberíamos necesitar para nada, hemos interiorizado creencias como que seremos más felices si tenemos el mejor coche, el móvil superior, la última televisión, el viaje más espectacular o los hijos perfectos.

¿Somos lo que tenemos? No lo creas. Una compra puede ser un subidón pero dura poco. Si lo que poseemos genera alguna carga o preocupación mental, está restando en la cuenta de felicidad. También descuenta el tiempo, recursos y espacio en adquirir y mantener cosas que no usamos, o las obsesiones por lo mejor o lo más caro. Una buena casa, un buen móvil o un buen hijo suele ser mucho mejor y realista que perseguir obsesivamente el la hija ideal, los estudios más prestigiosos o el mejor último modelo.

Durante casi toda la Historia la gente, ha vivido con muy pocos objetos. Solo desde hace muy poco, desde la revolución industrial, hemos inventado, exponencialmente, tecnología para fabricar más cosas, en menos tiempo y más baratas. Con ritmo creciente de población mundial, más fieles consumistas de distintos países se han ido incorporando y han sostenido, no sin crisis, 100 años de crecimiento. Pero no hay crecimiento infinito en un mundo de recursos finitos, no existe el daño sin consecuencias. Son “fake premisas”

Para ganar más en menos tiempo, la industria ha sido irresponsable con el planeta, con este singular organismo vivo en el universo. Desde aniquilar bosques para hamburguesas a océanos y ríos contaminados, una enorme capacidad para exprimir y envenenar perfeccionada década a década. ¿Cómo una especie que se autodefineinteligente puede tirar 8 millones de toneladas de plástico al mar cada año? Nuestros errores son tan grandes como nuestros logros.

No menos grave ha sido persistir en el modelo energético de combustibles fósiles, exclusivo de un puñado de muy poderosas e influyentes multinacionales. Las emisiones de nuestra industria, ciudades y estilo de vida, han acelerado un calentamiento que sobrepasa en 1º a la temperatura media de la época preindustrial. Un punto al que no debimos llegar y lo hacemos con una inmensa inercia y mucha incompetencia global para frenar. Los síntomas climáticos de la enfermedad ya han empezado a producirse. Deshielo, aumento del nivel marino, fenómenos atmosféricos extremos como lluvias, inundaciones y huracanes, sequía, incendios…

El homo sapiens, genuino depredador global, ha sido capaz de generar un enorme impacto en la biodiversidad y en la temperatura del organismo vivo del que forma parte. Puede que la Tierra nos considere una especie de enfermedad contra la que ya está reaccionado, en defensa propia. Puede que la Tierra complique mucho la supervivencia de los humanos, somos incompatibles con su salud y nos multiplicamos descontroladamente.

La integración de la biología, la robótica y especialmente la inteligencia artificial revolucionaran el trabajo, la vida social, la medicina o la economía de una forma muchísimo más radical de lo que lo hizo la electricidad hace 100 años. La humanidad alcanzará una cumbre de conocimiento y tecnología al tiempo que tocará fondo medioambiental. ¿Podrá la ciencia revertir y controlar el proceso que parece irreversible? ¿Se escapará, con ElonMusk, una elite humana para intentar una continuidad interestelar de la especie?

No es fácil cambiar radicalmente creencias y hábitos nocivos. Como humanidad, nuestra inteligencia colectiva parece que no da para colaborar eficazmente y enfrentarnos a los problemas globales que tenemos. Somos más de dividirnos, de discutir y pelearnos, no dudamos en matarnos si lo exige el guion.

Sin embargo, algunas veces, pocas, también somos racionales, críticos, solidarios, responsables… A  nivel personal, en este mundo hiper-conectado, la toma de conciencia y el cambio de comportamientos de muchos individuos vinculados sí en un propósito común puede forzar la ruptura de determinados hábitos e inercias que el sistema nos ha impuesto. Lo creas o no, somos auténtica motomorfosis en potencia, solo tenemos que proponérnoslo y empezar, por ejemplo, aplicando “menos es más” a favor de la vida.

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